Por: Francisco Solís Peón

29 de diciembre de 2014.- Perdonen el mal chiste pero el actual gobierno federal camina al filo del “despeñadero”. Olvidemos por un momento (como si se pudiera) las arteras matanzas que sacudieron al país durante el anterior verano y sus nefastas consecuencias en términos de opinión pública y centremos nuestra atención en el peligroso laberinto económico en el cual todos, de una u otra forma, podemos perdernos.

El entorno financiero que circunscribe a México es complicado. Para bien, se aplaza uno de los factores que presionan, a corto plazo, el precio del peso ante el dólar: el banco central de Estados Unidos (Fed) decide mantener seis meses más las bajas tasas de interés. Pero persisten problemas como la caída de los precios del petróleo y la fragilidad de las finanzas nacionales. Veamos en dónde estamos: las reservas de divisas son de poco más de 192 mil millones de dólares, las más altas en la historia del país. Sin embargo, la mayor parte de esa suma es deuda a corto plazo, es decir, pertenece a inversionistas extranjeros que invierten en instrumentos de deuda gubernamental. La cartera de inversionistas extranjeros en deuda pública es de 162 mil millones de dólares, y sigue llegando este tipo de capital golondrino.

El diferencial de las tasas de interés entre los instrumentos de deuda mexicana a 10 años (bonos M) y su similar de Estado Unidos es de casi cuatro puntos porcentuales, lo que mantiene el atractivo de traer capitales a México: en la última quincena de noviembre ingresaron más de cuatro mil millones de dólares. ¿Cómo se convierte en reservas este capital? El Banco de México capta los dólares y a cambio emite bonos M y otros instrumentos de deuda. En consecuencia, confiar en las reservas del banco central para enfrentar un embate especulativo es suponer que se puede almacenar agua en un puño. Aun si toda la inversión en cartera estuviera en bonos a 10 años es altamente volátil. Además, hay otro ingrediente que ejerce presión sobre las reservas: la deuda en dólares del sector privado asciende a 119 mil millones de dólares. Así, los pasivos del país superan en 89 mil millones a las reservas.

Esta fragilidad explica las líneas de crédito que tiene México con el Fondo Monetario Internacional. En condiciones de mercados financieros estables es posible convivir (no deseable) con el capital golondrino, pero en un ambiente global tan volátil es peligroso. La caída del precio del petróleo, además de golpear severamente a las finanzas públicas, puede causar otra crisis financiera mundial. Venezuela, que depende 92% de los ingresos petroleros es el eslabón más débil y puede entrar en cesación de pagos. El mismo riesgo amenaza a Rusia, que depende en 60% de sus exportaciones petroleras. A ello se agrega la posible quiebra de muchas empresas estadunidenses que se dedican a la fractura hidráulica (fracking) y que no son rentables con precios de 50 dólares el barril de petróleo. Puede reventarse la burbuja financiera. Ergo, México es vulnerable, lo cual torna urgente enfrentar la crisis de credibilidad.

Por primera vez un presidente priista no puede echarle la mano a las reservas monetarias para ganar un proceso electoral, para eso está de guardián Agustín Castrens con todo y su humanidad de sacaborrachos de teibol.

Asumiendo sin conceder que la apuesta por el olvido funcione una vez más con el electorado mexicano, por supuesto con tortas, refrescos, matracas y demás “detalles” de la casa; antes de salir a votar la gente revisará sus bolsillos y entonces recordará de golpe los noticieros de este año, incluyendo la sangre, los desaparecidos, las promesas de cambio, las grandes reformas que no dan resultado y… ¿Entonces?

Suponiendo que ya estamos en julio, el presidente logró una amplia mayoría en la cámara baja, su partido ganó en todas las gubernaturas en juego pero la economía continua pegada con alfileres, atada al comportamiento de los mercados norteamericanos que crecen de manera desesperantemente lenta… Entonces estaremos en una situación muy similar a la de hace 21 años ¿Alguien recuerda el “error de diciembre”?

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